
(Digital Art by C. K. Aldrey)
Querido Mundo, te he tenido abandonado. Quizás te haya sido infiel con otros planetas que me han estado rondando por esta mente embarrada de pinceladas, palabras de sal y miel de abeja. Y distraída por ladrillos que vuelan de un lugar para otro desaforadamente, las dietas vegetarianas, las diosas del Krishná, las lluvias que en La Pequeña Habana son ríos calle abajo y moho en las paredes. Sí, Querido Mundo, es la vejez, la carrera por no perder el tren de los últimos versos y palpitaciones, la desnudez que por fin se atreve a exponerse ante el altar de la vida y se niega a perderse en un tiempo sin encantos.
Hoy pienso… pero no diré luego existo… dejemos los dilemas filosos o filosóficos para cuando esté aburrida. Para decir la verdad ¡cuánto me gustaría estarlo! Por una vez sentir que se es “nada”, que el cerebro es una calabaza frente al televisor, que el corazón una maquinaria apagada y se perdió la llave para encenderla. Pero no, si vine a saludarte fue para decirte que te olvido, no para complicar tu monótona traslación… un día no sabré donde estarás, te confundiré con un barco o una nave espacial, cuando te mire creeré que eres la Luna, como le pasaba a mi abuela Ramona cuando observaba los faroles de la calle 19, quizás me comeré tus flores, masticaré tu arena rememorando a esos personajes del realismo mágico latinoamericano -porque claro, siempre quedará algo almacenado en las neuronas-, se me olvidará también nombrarte, quizás empiece a llamarte Midgard, Cosmos o hasta Caos, algo razonable dadas las circunstancias de tu origen etimológico y de la simbología que atribuyo a tu probable destrucción y renacimiento. En mi mente serás “otro”, un personaje mitológico que dependiendo del comportamiento de mis neurotransmisores, saltarás a mi cama como paje del rey, cocinera francesa o ninfa travestida, o serás todo a la vez, como en el caos, fuerzas ocultas chocando unas con otras, halándose las trenzas –memorias de infancia-, tirando piedras a diestra y siniestra, convocando a los demonios reprimidos y contraviniendo todas las normas decentes que me fueron inculcadas. Y sí, Querido Mundo, todo eso me hará libre, por primera vez no sentiré las cadenas de la sociedad –con minúscula- avasallando mis tobillos y comprimiendo mis cartílagos. Tú me contemplarás en silencio, cada vez menos azul, menos verde, muriendo lentamente, como yo, perdiendo la memoria, porque quiero que sepas, amigo mío, que eso es lo mejor que nos podría suceder, olvidar el frenesí autodestructivo que nos hace morir, entrar al reino de los cielos siendo otros, diferentes, tú un planeta de limpios manantiales, yo bebiendo de tu agua sin pensar que me envenenas.
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