Hace días que no te toco la estratosfera, querido Mundo, ni te escarbo esos huequitos por donde se cuelan las inmundicias. Hoy me decido porque desde hace una semana te estoy escribiendo un poema, aunque al final a la sacrosanta poesía no quise galardonarla con lenguaje de postmodernidad iracunda y he optado por embarrar la prosa que muchos usan para maldecir. Es más, querido Mundo, hoy te voy a llamar Mundo de Mierda, y para no desentonar o alarmar a la beatitud, limaré la aspereza implícita y serás solamente Mundo de Excremento, ligeramente más aceptable a ciertos oídos, no vaya a ser que me excomulgue la Real Academia, la Petit Teté, los santos inocentes o los presidentes de comités que pululan de un extremo a otro de tu geografía.
Ante todo vamos a analizar un poco el concepto, no porque quiera justificarme ante ti o porque desee convencerte de la necesidad de utilizarlo como temática central del asunto, sino porque me apetece abusar de la libertad de expresión, al fin y a cabo otros lo hacen todos los días y tú nunca dices ni pío, al menos yo lo hago frente a frente, como es mi costumbre, recuerda que mi origen burgués está enlutado por una bruja que fue quemada en la hoguera de la inquisición precisamente por no callarse la boca, y según los alarmados asombros de abuela Luisa, su espíritu se reencarnó en mí, de ello hablaban las piedras que tiraba a los tejados de zinc del vecindario de mi niñez.
El caso es, Mundo de Mierda, es decir, Mundo de Excremento, que tus placas tectónicas, tus dorsales oceánicas, tus fosas abisales, tu atmósfera, cada rinconcito que te pertenece, ha sido fundamentado sobre las bases de ese desecho viscoso color marrón –a veces más clarito, otras más oscuro- que ha contribuido a tu crecimiento, muerte y regeneración, y que además nos confirma la innegable necesidad que tienes de alimentarte de él para existir/subsistir, hasta se me ha ocurrido pensar que le podríamos llamar en psicología merdependencia, puesto que la connotación también trasciende a la psiquis, algo que pertenece al “micro universo” humano.
El hecho de que tú, querido amigo, estés de punta a cabo rebosante de pestilencia reciclable -y que gracias a ello hayas estado dándole vueltas al sistema solar desde que naciste- me indica que tus hijos han sido programados para aceptar subconscientemente y a modo de alma mater el meconio -o sea, las primeras heces fecales de un individuo- como la columna sostenedora del comienzo de la vida, biológica y filosóficamente hablando, de modo que a través de toda su existencia el rito de la merda –en latín para no desentonar- se fue institucionalizando en las neuronas como un partido político, un credo, un fanatismo o una superstición, como en el caso de la famosa merde nacida en Paris en la Edad Media, agorera de la buena suerte.
Lo increíble, querido mío, es que las heces han sido humilladas desde siempre, utilizadas para ensombrecer, insultar, desprestigiar, perversamente injuriar (véase también: Cacolalia, en figurativo) cuando hubiera sido más coherente reverenciarlas; gracias a ellas respiramos, aunque sea su hedor, algo que pocos recuerdan when they talk shit, que en francés sería algo así como quand ils parlent la merde. No se nos puede olvidar, camarada merdatovich, que sobre todo aquellos que perdieron por el camino la grata recompensa de recibir compasión y bondad como atributos embellecedores del alma, y de paso ofrendarlos a sus semejantes humildemente (algo que definitivamente te engrandecería) son los más propensos al uso y abuso de tu merde, a veces con consecuencias fatales, y se dan el lujo de pregonarlo cual gladiadores que se enfrentan a libélulas indefensas, esas que ya no pueden hablar ni defenderse. Muy triste, Querido Mundo (porque de todas maneras eres querido) muy triste, que tus heces se hayan adueñado del hombre, desbordándose del retrete a las lenguas como relámpagos venidos de la oscuridad.



